La carrera contra la máquina

Permitidme tomar el título del libro de Erik Brynjolfsson para encabezar este artículo, pero creo que es muy acertado para expresar lo que quiero decir.

Cada vez más, los ciudadanos vemos cómo la riqueza se va acumulando en menos manos, concentración de la riqueza lo llaman. Dedicamos tanto tiempo a las redes sociales, a internet y a comprar online que hemos creado titanes industriales en quienes viven de vendernos la conexión, los aparatos, las búsquedas y los productos que necesitamos para esta vida digital.

Pero no sólo es eso.

Los bancos y las empresas (eléctricas, petroleras, telefónicas, de retail, de seguros) han aprovechado la crisis para imponer salarios bajos, precios abusivos y los gobiernos para recortar derechos sociales lo que nos obliga a gastar más dinero en productos farmacéuticos, educación y planes de pensiones privados.

La transferencia de riqueza de las clases medias y bajas hacia unos pocos se ha convertido en una tendencia aparentemente imparable, que se ha acelerado con la llegada de la crisis.

Pero la cosa no parará aquí. La reducción de costes, los despidos, los salarios bajos…todo esto va a ser sólo el aperitivo de cambios mayores que ya llevo mucho tiempo diciendo que vendría, la inteligencia artificial, la robotización, la impresión 3D y la nanotecnología.

Pronto los seres humanos seremos menos y menos relevantes para los mecanismos de producción de las empresas, haciendo que nuestra mano de obra y nuestro intelecto sea cada vez menos necesitados. Los ricos serán más ricos y los pobres más pobres.

Las ideas para evitar este futuro van desde la implantación de una renta básica universal, que básicamente lo que propone es, aprovechemos este fenómeno para que la gente se dedique a lo que quiere sin morir de hambre, aunque no pueda ganar dinero, a otra gente que propone destruir el progreso e impedir que internet, las redes sociales y los robots sigan prosperando. También están quienes abogan por mejorar al ser humano para conseguir que pueda competir con las máquinas mediante biónica, biotecnología, gerontología y nanotecnología.

Me gustan dos de ellas por lo que implican, pero en ambas la parte mala es que habrá gente que se quede atrás, que no pueda ser mejorada (o pagarse las mejoras) o que no pueda ganar dinero extra y sobreviva con la renta básica universal.

Pero entre estos extremos existe una nueva vía. Algo que nos permitirá a quienes no disponemos de inmensos recursos financieros y tecnológicos,  a quienes no somos ingenieros expertos en aprendizaje profundo ni en diseño de drones, no sólo sobrevivir, sino vivir cada vez mejor.

El prosumismo.

Del prosumismo hemos hablado ya en muchas ocasiones en este blog, pero básicamente consiste en producir tu mismo bienes y servicios para ti y los demás sin cobrar por ello en dinero.

Cuando haces galletas para tus compañeros, escribes un blog en una plataforma como ésta, haces una maqueta, colaboras con un fav lab o en el desarrollo de software libre, creas imágenes o música bajo licencia creative commons, o cuidas de un familiar, o plantas árboles…eso es prosumismo.

Lo bueno es que, con esas mismas herramientas que nos están quitando el trabajo y el dinero, podemos potenciar nuestra propia capacidad de crear y recibir riqueza sin necesidad de acudir a comprar bienes y servicios.

Desde las plataformas colaborativas y de crowdfunding, a las energías renovables, las impresoras 3D, los drones, las redes sociales como tecnología de coordinación, las iniciativas biohacker, DIY y Maker…bueno, las tecnologías y tendencias sociales nos están permitiendo capear la crisis de forma más digna de lo que hubiésemos podido hacer sin ellas.

Es hora de tomar impulso, y usar la potencia de todas estas herramientas para invertir la tendencia. En lugar de dejar que cada vez seamos más pobres, debemos usarlas para que la Sociedad y los ciudadanos seamos cada vez más ricos.

¿Creéis que podemos hacerlo, que podemos conseguir que se invierta la tendencia de concentración de la riqueza?

Bueno, si no lo logramos, tendremos que resignarnos a que o las empresas, o los gobiernos, decidan qué va a ser de nuestro futuro, y tengan a bien darnos las sobras de la riqueza que se han quedado y que hemos creado entre todos.

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