White Singularity: El fin del mundo, ¿y si no llegamos?

El fin del mundo, ¿y si no llegamos?

El futuro que hemos descrito, en el que todo parece ir bien y el progreso crea una era de paz y prosperidad, no es el único horizonte al que se asoma la Humanidad.

Las cosas podrían ir también mal. Horrorosamente mal.

A los problemas éticos que hemos descrito, a la escasez de energía y las tensiones por encontrar un sustituto, a las guerras de la inteligencia y al resto de conflictos económicos y sociales se unirán otras posibles consecuencias mucho más terribles que las que hemos expuesto, y de las que quizás no haya una salida positiva al final del túnel.

Eventualmente es posible que, incluso aunque no seamos nosotros quienes originemos una catástrofe, puede que la Humanidad se extinga por algo tan manido como el impacto de un meteorito, un cambio climático natural, o una llamarada solar que destruya nuestra capacidad técnica.

Los peligros del universo son muchos, y grandes. Pero más grandes aún son los que acechan detrás del progreso tecnológico descontrolado.

Quizás parezca paradójico que un libro que ensalza las virtudes del progreso ponga también sobre la mesa sus peligros, pero, a fin de cuentas, ¿no es ese el objetivo final de este libro sino señalar los desafíos a los que nos enfrentamos y animar a buscar formas de superarlos y dirigirlos?

¿Y cuáles son esos peligros que acechan tras las fascinantes tecnolo- gías que estamos aprendiendo a desarrollar?

Haciendo uso de las metáforas que usaría una eventual religión singular, muchos expertos tecnológicos las han asimilado a las plagas bíblicas.

Llamémoslas Plaga Blanca, Plaga Gris y Plaga Azul.

El visionario Bill Joy ya advirtió sobre el peligro de tres tecnologías que podría terminar por acabar con el mundo como lo conocemos, y desde luego, con la especie humana y toda vida sobre el planeta.

La nanotecnología, la biotecnología y la robótica.

Quizás la más sencilla de comprender sea la última de ellas. Películas apocalípticas en las que las máquinas autorreplicantes se revelan, nos han preparado para entender este concepto, pero eso no hace menos real la posibilidad de que se produzca una plaga azul.

Incluso de forma amistosa al principio, la proliferación de robots que podrían superar en diez o cien a uno el número de hombres, podría suponer una grave amenaza para la Humanidad. Cada vez más relegados en una civilización gobernada por unas pocas élites, podríamos encontrarnos con que alguien tiene la tentación de prescindir violentamente, o simplemente dejando extinguirse, a los seres humanos.

Esa decisión no tendría que partir de ninguna máquina maligna, podrían ser unos pocos de nosotros que controlasen todos los aspectos de la sociedad quienes tomasen esa medida drástica para liberar “recursos”. Nuestra historia no nos permite ser muy optimistas al respecto.

O quizás nuestra excesiva dependencia de la maquinaria nos convertiría en extremadamente vulnerables a una potente tormenta solar que terminase con nuestra tecnología.

O tal vez, simplemente determinadas películas tengan razón, y llegado un punto de inteligencia superior al humano, las máquinas comenzarían a pensar que somos prescindibles.

Veremos esa posibilidad más adelante, pero no está de más tenerla muy presente.

La siguiente forma en la que podríamos auto exterminarnos de forma creativa es con una plaga gris, una bacteria, un virus o un organismo genéticamente modificado que supusiese una amenaza contra el hombre o su ecosistema.

No hace falta que sea un virus extremadamente letal, aunque la mayo- ría de las películas y libros hayan contemplado sólo esta posibilidad, sino que podría ser un tipo de planta no comestible que con una feroz propagación elimine bosques, cultivos o praderas marinas dejando sólo tierra y mares baldíos a su paso.

Bastaría perder un porcentaje importante de ellos para que el ecosis- tema se colapsase por nuestra propia presión, de forma rápida e inevitable.

Y lo mejor de todo, no hace falta que sea una plaga diseñada específicamente para terminar con nosotros. Bastaría un error con la modificación de un gen, o con un experimento descontrolado, para encontrar una especie o un virus que, liberado en la atmósfera, pondría en jaque a la Humanidad.

No existen en la actualidad organismos capaces de hacer frente a una amenaza de esta naturaleza, ni a nivel nacional, ni internacional.

Por último, la Plaga Blanca alude a la posibilidad de que máquinas nanotecnológicas descontroladas y capaces de reproducirse usando las más variadas clases de materiales se descontrolen y comiencen a replicarse sin fin. En cuestión de días, esas máquinas podrían consumir todo lo que hay en nuestra atmósfera para crear más máquinas similares a ellas, dejando todo, incluidos nosotros, reducidos a polvo.

No habría defensa para una plaga de tal naturaleza, sería imposible ocultarse tras bunquers, filtros ni refugios. No se les podría detener pues es un enemigo inacabable, inasequible al desaliento e invisible.

Y a medida que la tecnología gane en complejidad, los peligros aumentan. Podemos tener también otro tipo de plagas, como virus informáticos capaces de destruir toda nuestra tecnología, o capaces de introducirse en humanos a través de implantes médicos. Podemos tener problemas raciales con la creación de clones, que desencadenen una guerra global. Son escenarios muy hipotéticos, pero plausibles si la tecnología se desarrolla sin control.

Y sin embargo, no todo está perdido.

Diversas iniciativas particulares ya han comenzado a estudiar los peligros de que algo así suceda, y han propuesto diversas alternativas capaces de enfrentar cada una de ellas.

Desde leyes programables en los robots al estilo de las que Issac Asimov introdujo en sus obras, hasta escudos nanotecnológicos capaces de encontrar y sofocar una plaga blanca.

Pero todas ellas son desestimadas por los científicos, políticos y empresarios “serios” pensando quizás que nunca llegará el día en que nos enfrentemos a una catástrofe, o quizás que tenemos tiempo para planearlo, a pesar de la complejidad de esos sistemas.

Sinceramente, dudo mucho que podamos permitirnos el lujo de perder tiempo a la hora de planificar y abordar la seguridad del desarrollo de estas tecnologías. De la misma forma que la clonación no podrá detenerse ni aunque todo el mundo decida prohibirla, pues alguien irá más allá y la hará realidad. De la misma forma que la proliferación nuclear apenas puede ser contenida, o que la distribución de contenidos con derechos de autor en la red no puede ser frenada con leyes, de esa misma forma, podemos enfrentarnos a un escenario en el que alguien, de forma descontrolada o intencionada, desencadene alguno de estos terrores u otros igual de peligrosos sobre la Humanidad. Sería una pena quedarnos a las puertas de las maravillas que aguardan al Hombre.

Cada ser humano del planeta, cada persona consciente de su responsabilidad, y de la vulnerabilidad de todos los que enfrentamos estas tecnologías, debe conocer las promesas y los riesgos del futuro.

Y entre todos, sin exclusión, debemos decidir cómo queremos guiar nuestro camino hacia el futuro y cómo queremos entrar en él.

Porque el futuro viene, ya está en camino, y no se va a detener.

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