White Singularity: El internet de las cosas, mil robots en cada hogar

El internet de las cosas, mil robots en cada hogar

Tenemos un problema, y seguramente no te has enterado de que existe. Se nos acaban las direcciones de internet, lo que, para que nos hagamos una idea, es como si se terminasen los números de teléfono, y si quisieses uno nuevo debieras esperar a que alguien se dé de baja o se muera para obtenerlo.

Vale, tal vez no sea un problema porque ya existe una solución, aunque muchas compañías que prestan servicios de internet no están preparadas para ello, o no están interesadas en resolverlo rápidamente. De momento, vamos tirando.

Ese problema puede convertirse, sin embargo, en una gran ventaja para la riqueza del ser humano en los próximos años.

Para solucionarlo se está cambiando la tecnología, y en pocos años pa- saremos de tener una dirección de internet (IP) para cada ser humano, a tener 50 billones de billones por cabeza.

Toda una riqueza que traerá la explosión de Internet en todas las face- tas de la vida.

Veremos lo que los expertos llaman el “Internet de las cosas” acercarse a velocidad pausada pero constante, hasta que un día nos demos cuenta de que cada uno de los aparatos de nuestra casa estará conectado a la red, y tendrá su propio número y hasta personalidad propia.

Se conectarán, además de ordenadores, tablets y teléfonos, nuestros electrodomésticos, coches, placas solares y oficinas. Pero también nuestros juguetes, nuestros marcos de fotos, los cuadros que compraste en tu últi- mo viaje, tu reloj, la ropa que llevas puesta y la del armario.

Y junto a la implantación de las etiquetas RFID en el proceso de producción y distribución, el internet de las cosas propiciará el nacimiento de nuevas formas de interactuar con el mundo físico y digital que nos rodea. Por ejemplo, nuestro teléfono y el coche, o nuestra ropa y el aire acondicionado estarán conectados los unos a los otros, y cuando nos acerquemos a casa la climatización se activará sola según nuestras preferencias.

No hará falta ni enviar un mensaje de móvil. Tampoco programar el sistema. Bastará un corto período de aprendizaje y nuestro aire acondicionado aprenderá las preferencias familiares y las implantará en función de quienes estén en casa, quienes vengan, o quienes se vayan.

Lo mismo ocurrirá con nuestros automóviles.

Estarán conectados a la red por sí mismos, y se adaptarán a nuestra forma de conducción y nuestras preferencias.

Pero no terminarán ahí las novedades.

Imaginad un salpicadero y una luna frontal de alta tecnología en el que se irían mostrando imágenes, que ayudarían al conductor (información de tráfico, noticias, el tiempo, distancia con otros coches, etc.).

También es de suponer que cada uno llevaría un potente ordenador capaz de controlar el interior y el exterior del coche, seguramente con reconocimiento de voz para interactuar con los pasajeros o con otras personas.

Y que al mismo tiempo, los coches permitirán el uso de aplicaciones integradas, propias del fabricante o de terceros, Apps que podrían ayudar a mejorar la experiencia y las posibilidades de semejante plataforma tecnológica.

¿Os imagináis una gama de cientos de miles de apps que puedan ser manejadas por la voz del conductor, o a través de paneles táctiles en los asientos de pasajeros? ¿O proyectar en las ventanillas laterales o en vues- tros tablets, teléfonos o relojes la historia de los lugares que vais recorriendo o sus sitios turísticos de interés?

¿Y personalizar el tipo de información que se quiere recibir? ¿Ecológica/medioambiental? ¿Económica? ¿Leer el periódico de forma segura en medio de un atasco? ¿Conocer la posición de las estrellas desplegando un mapa interactivo en el parabrisas?

¿Se conectarán nuestros frigoríficos a los de nuestros vecinos para unirse a la hora de hacer pedidos de compra y reponer a un precio más barato?

Quizás surjan comunidades de usuarios que creen aplicaciones, para innovar o compartir nuevos usos para nuestros objetos inteligentes, y las modas irán y vendrán, adaptándose a nuevas capacidades.

Y estamos hablando sólo de uno o dos aparatos.

Multiplicadlo ahora todo por los mil aparatos del hogar y la oficina. Zapatos y ropa conectados que transmiten datos de nuestra salud a cada hogar, quien actuaría como nuestro médico particular, recopilando datos de todas nuestras actividades diarias, del estado de salud de los miembros de la familia, de nuestro estilo de vida, y el de toda familia y acudiendo a internet y a supercomputadores de diagnóstico especializados que ya están siendo creados ahora mismo, para anticipar cualquier tipo de enfermedad.

WC ́s que realizarían análisis de orina, o de heces, los frigoríficos revisarán nuestra comida, los cubos de basura los desechos, las camas nuestra forma de descanso, nuestros móviles descifrarán el ADN. Todo un completo estudio sobre los miembros de la familia.

No sería extraño que nuestros invitados tuviesen que firmar un documento que permita a nuestra casa conectarse con la suya para intercambiar datos privados, o ver a padres dando el consentimiento para que las escuelas recopilen estos datos sobre sus hijos para prevenir epidemias de gripe o cualquier otra enfermedad.

Tampoco sería raro ver a nuestros hijos interactuando con juguetes co- nectados a los juguetes de sus compañeros de guardería, continuando sus clases y sus juegos fuera del horario lectivo, pero desde nuestras propias casas.

Igual que los portátiles han redefinido el trabajo, el internet de las cosas cambiará el estado de vida privada y pública, y las relaciones entre hogares.

Los límites se difuminarán.

A medida que la complejidad de estas redes aumente, y se incremente la inteligencia de los objetos y la inteligencia de los servidores a los que se conectan, cada elemento de nuestro hogar se transformará en un ser se- miautónomo pero conectado también al resto de objetos de la red, para hacer nuestras vidas más agradables y enriquecidas.

Llegará el momento de decir que tenemos no un robot en cada hogar, sino mil.

 

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