White Singularity: Un robot en cada hogar

Un robot en cada hogar

Seguramente, antes de que alcancemos la inmortalidad biológica, y probablemente al mismo tiempo en el que los productos biotecnológicos comiencen a llegar a las estanterías de los comercios, asistamos a otra revolución de la mano de la tecnología, la llegada de los robots de consumo.

Hasta ahora, la robótica ha logrado importantes avances en campos como la medicina, la producción industrial, y todo lo relacionado con tareas fácilmente programables y realizables por máquinas. Los robots de hoy en día han visto como una increíble competencia surgía cuando parecían ya estar destinados a dominar el medioambiente fabril de producción: la mano de obra barata en países en desarrollo. La habilidad del ser humano para adaptarse, aprender, innovar o mejorar, incluso en tareas que parecerían dar una ventaja clara y una superioridad a la robótica, ha hecho que volvamos a llenar de obreros explotados y masificados las fábricas del mundo de la que salen nuestros productos de consumo.

No parece posible que en los próximos años esta tendencia vaya a revertirse rápidamente, pues el coste por pieza sigue siendo mucho más reducido en fábricas con mano de obra intensiva que en aquellas que invierten en tecnología y equipos robotizados. Por lo menos, para aquellos productos de poca complejidad, o para rematar tareas pequeñas en productos más complejos.

Sin embargo, a una década vista, la perspectiva es muy diferente y dinámica.  A medida que los robots mejoren, no sólo en su hardware y sus capacidades de rapidez, precisión y funcionamiento, sino en sus capacidades adaptativas a diversas funciones, veremos cómo esta tendencia se invierte y una nueva ola de máquinas robóticas de todo tipo invaden nuestras fábricas y nuestros centros de producción.

Esta nueva generación de robots más funcionales, y más inteligentes, encontrará potenciales nichos de mercado en otros sectores, como el sector de la asistencia y el consumo doméstico.

No sería extraño ver robots antropomórficos, o con las más variadas morfologías, invadir, poco a poco al principio, en tropel imparable después, los hogares y oficinas mundiales.

Prestando servicios sencillos al principio, pero mucho más variados de los que podemos imaginar ahora, y con capacidad para aprender, actualizar su programación y satisfacer un creciente número de necesidades.

Cada semana asistimos en las noticias a la presentación de algún nuevo robot que nos sorprende por su parecido a un ser humano, en su apariencia, en sus movimientos, o en cualquier faceta que nos recuerde vagamente a nosotros.

Sin embargo, se avecinan extrañas aplicaciones que en nada recordaran a capacidades humanas, y que serán mucho más sorprendentes. Por ejemplo, podrán estar conectados a la red eléctrica y servirnos para recargar la batería de nuestro automóvil si lo necesitásemos. O disfrutaremos gracias a ellos de conexión a nuestro hogar en la distancia, podremos seguramente ver a través de sus ojos y escuchar a través de sus oídos con nuestro móvil, y serán nuestros guardianes, nuestras niñeras, nuestros cocineros, y eventualmente, nuestros amigos.

En resumen, llegará el día en el que la frase “un robot en cada hogar” no sea más que uno de los múltiples eslóganes publicitarios con los que los fabricantes y vendedores de robots, nos bombardeen en la lucha por nuestra atención y nuestro dinero.

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