Singularidad en Europa

Ahora mismo, Europa es uno de los patitos feos en cuanto a tecnologías de la Singularidad. Teníamos la tecnología pero no la voluntad de llevarla más allá, y por ello nos hemos quedado atrás.

Muy atrás.

Europa manda casi toda su información a través de apps, cuentas y programas que pertenecen a empresas de Estados Unidos, Rusia, Japón, etc. Sus datos son almacenados, y utilizados por estas empresas. Cuando alguien tiene una idea, y se la cuenta a un amigo, entonces esas empresas tienen esa información. Cuando alguien crea una presentación de un modelo de negocio usando uno de estos programas en la red, entonces esas empresas tienen esa información. Si escribes un blog, o en una red social, igual.

Y lo mismo pasa en todos los cambios de las tecnologías de la Singularidad. Impresión 3D, la Inteligencia Artificial, biotecnología, exploración espacial, nanotecnología, robótica. Estamos atrás en casi todas ellas, muy atrás.

Y la solución no es imponer límites a las empresas extranjeras, ni barreras a la adopción de estas tecnologías, sino conseguir crear los ecosistemas innovadores que necesitamos en Europa para poder recortar esa ventaja con el resto del mundo, y ponernos al día, o incluso a la cabeza, en las tecnologías que nos llevarán al mayor paso evolutivo de la Humanidad de la historia.

 

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Europa debe conseguir una economía innovadora, como se prometió a si misma hace una década. La más innovadora del mundo. Debemos conseguir una sociedad abierta al cambio, al mismo tiempo que mantenemos nuestros valores y nuestra historia. Nuestras empresas deben colocarse como líderes de sus respectivos campos, o al menos entres los líderes, y explorar otros muchos en los que no estamos para nada en la vanguardia.

Para ello es necesario que se realicen muchas, muchísimas tareas a lo largo y ancho del continente. Una labor titánica, tanto o más como la que le llevará a Trump actualizar Los USA. En Europa tenemos nuestra propio “ferrocarril” que construir.

Esa tarea titánica que no se materializa ni en la construcción de ferrocarriles, ni puertos ni autopistas, sino en la edificación de toda una economía del conocimiento, de las condiciones óptimas para que surja un ecosistema de start-ups desde Polonia y los países Bálticos hasta la Península Ibérica, de la creación de las inmensas infraestructuras de inteligencia artificial y centros de datos, de las fábricas automatizadas de vehículos autónomos, de las condiciones sociales para una renta básica, para nuevos estilos de vida.

Nos queda mucho trabajo por delante, y la mayoría de nosotros no somos ni conscientes de ello.

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