Economía de los sentimientos

Dejadme haceros pensar un poco, a estas horas de la noche.

¿Y si la economía no se hubiese conformado entorno al dinero y la riqueza material? Muchas veces he pensado sobre otras posibilidades, como que lo que se valorase fuese la biomasa, o la energía, o la inteligencia, futuros en los que la moneda de cambio eran estas entidades, y no riquezas materiales más prosaicas.

¿Y si imaginamos otra posibilidad aún más extraña?

¿Y si lo que se valorase de verdad son las relaciones humanas, los sentimientos y las sensaciones? No como lo hacemos ahora, como algo por supuesto presente, pero en raras ocasiones moneda de cambio sin productos o dinero de por medio?

Estoy hablando de una economía basada en intercambiar sentimientos, sensaciones, diversión…

Si nos ponemos a pensarlo, quizás en el futuro dispongamos de las herramientas para hacer esto. A medida que se decodifica el cerebro y su funcionamiento, la posibilidad de crear un internet de las mentes y las almas se va viendo cada vez más como una posibilidad.

Hace dos semanas se logró controlar una acción humana desde la mente de otra persona transmitiendo un pensamiento por internet.

Queda mucho, pero al final podremos volcar nuestra mente en una máquina, y el universo se volverá algo incluso más extraño de lo que os estoy proponiendo para que meditéis.

También es posible que nuevas herramientas econométricas y de big data nos permitan medir otras cosas a parte de la realidad física. Cosas como los favores, las ideas, la ayuda desinteresada.

Quizás no sean horas de empezar a pensar en la mensurabilidad de todas estas cosas, o tal vez por las horas que son sea precisamente el momento de plantear esto.

El caso es que es posible imaginar un mundo donde los intercambios no se produzcan con dinero, sino con experiencias. O, algo mucho más sencillo, y mucho más al alcance de nuestras manos, donde lo que se valoren no sean las riquezas materiales ni el dinero, sino la capacidad de hacer sentir, de crear bienestar emocional, de inspirar y evocar sensaciones.

Tal vez no haga falta llegar tan lejos, y baste con conformarse con lograr un mundo más sensible, menos materialista.

Parafraseando la increíble serie “Doctor en Alaska”: “nos hemos centrado tanto en lo material, que quizás nos hemos olvidado de lo inmaterial”.

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