Relato

Os dejo un relato sobre la Singularidad que nos enviado una persona que desea permanecer en el anonimato, y que expone muy claramente los peligros que tendría una singularidad descontrolada.

—¿No ves los cuernos? Te digo que es un ciervo.

—Muchos animales tienen cuernos, ¿cómo sabes que no es un toro? ¿O un rinoceronte? —preguntó ella.

Eso le irritó. Estaba intentando conseguir otra comida que no fuesen raíces, lo mínimo que podía hacer, si no iba a ayudar, era callarse. Pero cuando la miró vio que estaba tiritando de frío, igual que él, y probablemente también estaría hambrienta, igual que él. Solo se  preocupaba de que pudieran herirle, y eso le hizo callarse la bordería de estaba a punto de decir.

—He jugado en el simulador de caza un montón de veces y sé cómo es un ciervo. —Consiguió sonreír—. Esos bichos no son peligrosos.

Con un cabeceo aceptó sus palabras y soltó su mano. Al fin libre pudo coger el rudimentario arco que había fabricado para apuntar al ciervo, porque estaba seguro de que era un ciervo, y disparar. La fecha, o más bien la rama que había conseguido afilar contra una piedra, no voló recta para clavarse implacable en el cuerpo del animal, como siempre hacía en el simulador, sino que cayó alocada a una considerable distancia. Al oír el ruido, el ciervo alzó la cabeza, sin parar de masticar los yerbajos que comía, y los miró impasible, preguntándose qué serían aquellos extraños seres que iban a dos patas. Después de unos segundos debió decidir que eran inofensivos porque volvió a su comida, ignorándolos por completo ¡Vaya mierda! Hasta aquel apestoso bicho pasaba de él.

—No te preocupes —le dijo ella intentando animarle —, esta ha caído más cerca. Ya verás como la próxima vez lo consigues.

Al menos estaba con ella. No hacía mucho que se habían encontrado, desde que se quedó sin batería en el móvil había perdido la cuenta de los días, pero era preferible su compañía a estar solo en el bosque. Con un suspiro se dejó caer a su lado.

—¿Nos queda algo de comida?

Sonriendo sacó dos de las raíces que llevaba en su mochila y le tendió una.

—En cuanto te acostumbres al sabor —mordió la suya—, no estará tan mala.

Él dio un pequeño mordisco, asqueado. No, no estaría tan mala, estaría peor… pero era lo que había, eso o pasar hambre.

—¿Cómo dices que se llaman?

—Patatas —le respondió ella—. Nutricionalmente son muy completas. Generaciones enteras han sobrevivido en la antigüedad gracias a este tubérculo… y aunque su sabor en crudo no es agradable, en cuanto logremos hacer fuego podremos cocerla, y si conseguimos aceite freírla. Ya verás como mejora.

Eso es lo que le gustaba de ella, siempre era positiva, siempre esperaba lo mejor, incluso en el desastre en el que se encontraban. Y quizás tuviera razón, allí estaban seguros. No tenían nada que temer. Los árboles no modificaban su forma ni su posición, no les caerían encima ni les aplastarían. Allí nada cambiaba de un día para otro. En el bosque solo tenías que preocuparte por encontrar comida, no de sobrevivir a cada paso que dabas.

Escuchó el sonido procedente de la ciudad, continuo, persistente, nunca paraba. Engranajes, maquinaria, roces de metal contra metal, hormigón que se derrumbaba para alzarse de nuevo. Ahora mismo estarían cayendo edificios y levantándose otros, siguiendo el plan enloquecido de una máquina descontrolada. Porque era una máquina la que estaba provocando todo ese caos… o quizás lo provocaron ellos. Quizás confiaron demasiado en los ordenadores, en la inteligencia artificial. Dejaron que ellos planificaran la vida siguiendo unos patrones programados que simulaban la lógica humana. Crearon un mundo perfecto donde el trabajo lo realizaban las máquinas robotizadas y los humanos disfrutaban de los beneficios de ese trabajo… pero la lógica había cambiado, nadie sabía cómo ni por qué, y las máquinas seguían construyendo, seguían trabajando, pero ya no respetaban las medidas humanas.

Al principio los cambios fueron sutiles, pequeños retrasos en los sistemas de transporte, variaciones en la climatización de las casas, fallos en los simuladores de entretenimiento. Muy pocos los advirtieron y menos aún les dieron importancia. Pero esos incidentes aumentaron y cada vez fueron más frecuentes, cada vez más graves, hasta que la ciudad se convirtió en un infierno. Un lugar en el que no podías vivir, únicamente sobrevivir… y aun así, la mayoría se negaba a abandonarla. Preferían vivir escondidos en los antiguos túneles del metro, robando energía para alimentar las pocas máquinas que continuaban obedeciendo a los humanos.

Si olvidabas lo trágico de la situación, no dejaba de ser gracioso que aquella reliquia del pasado, conservada por unos pocos nostálgicos como recuerdo de un tiempo en que los hombres viajaban hacinados en incómodos contenedores,  ahora les estuviera salvando la vida… o se la estuviera salvando a quienes continuaban en la ciudad, porque a pesar del frío, del hambre y del cansancio del bosque, él tenía una cosa bien segura. No pensaba volver.

Dio otro mordisco a la patata, ojala consiguiesen hacer fuego pronto, porque eso estaba incomible. 

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