Ver morir a una empresa

Las empresas son, seguramente, el primer organismo potencialmente inmortal que hemos creado, junto con las ciudades.

Por eso, cuando muere una empresa, sea Pyme o Gran Empresa, muere un poco de cada uno de nosotros. Una parte de la condición humana, de su creatividad y de sus capacidades.

Recientemente estoy asistiendo en directo a la muerte de una empresa, y es una de las más tristes situaciones que he vivido, comparable quizás, y salvando las distancias por supuesto, al fallecimiento de una personas.

Decenas, cientos o miles de personas se han dejado en ella sus esfuerzos, su trabajo, sus ilusiones, su innovación, su creatividad, sus esperanzas y su futuro. Se han dejado días, jornadas de doce y quince horas, se han perdido los primeros pasos de sus hijos, sus primeras palabras…y todo para verlas crecer, expandirse, para reforzarse, para conquistar nuevos mercados, para construir filiales, proyectos de investigación, joint ventures.

Por ello, la desaparición de una empresa se lleva no sólo el dinero de sus accionistas, o propietarios, o el trabajo de sus empleados, sino las ilusiones de muchas personas que trabajan o han trabajado en ella.

La muerte de un inmortal.

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